sábado, 30 de octubre de 2010

Surrealismo IV

Él le juro el cielo, las nubes de algodón, el amor del poeta, la ilusión del astronauta, el corazón del infante, la canción del tenor… el soneto de Shakespeare.

Vinieron por ella, como en esa obra en dónde el amor es averiado por terceras personas. Ella no pudo cometerle, no le diría a él, la verdad de su razón. Al amanecer se encontraron; ella no habló.

Me asomó ligeramente ante la ventana, una luz naranja y brillante lucía fuera de ella, y con la esperanza de ver el sol, me topo con la luz mercurial. Pues nada es como en los cuentos, nada es como en los libros de amor. En la realidad, el romanticismo murió mucho antes de empezar a existir.

Una lágrima cae ante la máquina de escribir, en donde ella, describía su dolor y amor. No se volverían a ver. Ella se encargó de hablarlo, después de todo, su amor era más fuerte que la autoridad de sus progenitores, pero… No era decisión de ella, pues al parecer él ya tenía otros planes, planes en donde ella no estaba incluida.

Ella estaba consciente de que un día, todo eso se le haría tan lejano, tan indiferente… Pues no era la primera vez que alguien intentaba romper el núcleo de su corazón.

No está por decir lo que hizo después de esa decepción, en donde él le juro muchas cosas. Cansada de todo eso, hizo de lo que ahora se arrepiente.

Una melancólica canción se reproduce y la dejo terminar. Va de acuerdo al texto, entonces por qué he de cambiarla.

Yacía su cuerpo, inerte. Él le llora hipócritamente, diciéndole cuánto la ama. Pero ella sabe que dentro de él, sólo vive el mismo hombre que le juró un día ser su príncipe de cuento de hada.

Qué maricas se sueltan de repente. ¿Quién quiere a un romántico, cuando todas las mujeres sabemos que los hombres son los seres más prácticos de este llamado universo?


Llegamos con vida aquí solos, ¿cuál es el afán de irnos en par?