viernes, 26 de noviembre de 2010

Un lugar mejor.

Mírale de nuevo, una y otra vez hasta que te canses de él.
Aún no puedes dejarle. ¿Es eso? Es lo que tú llamas amor por él, ¿y por eso no puedes ahora mirarle?
¿Te lastima el conocer que te ha engañado? ¿O es el hecho de que nunca viste la verdad, teniéndola enfrente de ti y confiaste plenamente en la mentira?
Ahora sufres por su ¿inocencia?
No, no sufres, pero finges hacerlo. El ser humano hace eso; fingir.
Finge dolor, reclamando alegría al prójimo. Finge alegría, para obtener aquello que la mirada sin sonrisas no le permite tener.
Ahora te encuentras ahí, de frente a él. Te hizo daño, lo ves y palpas su rosto, sin duda es él. ¿Qué piensas hacer? Puedes hacer lo que quieras, lo tienes a tu merced por el daño que ocasionó en ti.
Despiertas con su rostro en tus manos. No es la primera vez que pasa, pero deseas que se repita, deseas llegar y no despertar. Quieres conocer lo que sucederá después.
Te cuestionas, y te transportas: estás en aquel bar donde le viste por primera vez.
Tú desnudabas el lugar con la mirada, y él hacía lo mismo contigo. En ese momento te atrapó, te invitó una copa y después a bailar. Olvidaste su nombre, pero así te fuiste con él.
Alguien se debería de deshacer de los sentimientos, que no harían al mundo mejor, pero si al humano más sensato. Piensas mientras regresas de nuevo a tu cama, la que tiene aun sus huellas y el recuerdo de su aroma permanece en el aire.
Pero eso lo sabías desde que comenzó a besarte así. Tanto amor se convertirá en tanto odio algún día. Pero fuiste ignorante y no te concernió el hecho.
No, no sufres de amor. Tampoco estuviste enamorada.
Todo fue tu ilusión. Te formaste un lugar para resguardarte de la realidad, de tu realidad. Ahora finges estar desalentada, triste y débil, pero estás consciente de que atraerás a los hombres, con un fin; el de protegerte.
Tal vez en algo tengas razón; el mundo sin sentimientos harían de ti una persona sensata, pero entonces ¿qué caso tendría la vida?
Ahora ni siquiera tú podrás contestarte eso. Olvida lo que has vivido, y trata de recordar aquello que no has pensado. Tal vez, logres guiarte y llegar a un buen lugar, al menos uno mejor.

sábado, 30 de octubre de 2010

Surrealismo IV

Él le juro el cielo, las nubes de algodón, el amor del poeta, la ilusión del astronauta, el corazón del infante, la canción del tenor… el soneto de Shakespeare.

Vinieron por ella, como en esa obra en dónde el amor es averiado por terceras personas. Ella no pudo cometerle, no le diría a él, la verdad de su razón. Al amanecer se encontraron; ella no habló.

Me asomó ligeramente ante la ventana, una luz naranja y brillante lucía fuera de ella, y con la esperanza de ver el sol, me topo con la luz mercurial. Pues nada es como en los cuentos, nada es como en los libros de amor. En la realidad, el romanticismo murió mucho antes de empezar a existir.

Una lágrima cae ante la máquina de escribir, en donde ella, describía su dolor y amor. No se volverían a ver. Ella se encargó de hablarlo, después de todo, su amor era más fuerte que la autoridad de sus progenitores, pero… No era decisión de ella, pues al parecer él ya tenía otros planes, planes en donde ella no estaba incluida.

Ella estaba consciente de que un día, todo eso se le haría tan lejano, tan indiferente… Pues no era la primera vez que alguien intentaba romper el núcleo de su corazón.

No está por decir lo que hizo después de esa decepción, en donde él le juro muchas cosas. Cansada de todo eso, hizo de lo que ahora se arrepiente.

Una melancólica canción se reproduce y la dejo terminar. Va de acuerdo al texto, entonces por qué he de cambiarla.

Yacía su cuerpo, inerte. Él le llora hipócritamente, diciéndole cuánto la ama. Pero ella sabe que dentro de él, sólo vive el mismo hombre que le juró un día ser su príncipe de cuento de hada.

Qué maricas se sueltan de repente. ¿Quién quiere a un romántico, cuando todas las mujeres sabemos que los hombres son los seres más prácticos de este llamado universo?


Llegamos con vida aquí solos, ¿cuál es el afán de irnos en par?

lunes, 9 de agosto de 2010

Amor eterno.

No me pidas amarte eternamente
Pues ni en mi esta tu deseo poder ser concedido.
Si de mí dependiera, el cielo y Plutón, te daría
Pero como mortal puedo darte una sonrisa.
No te pediría nunca tu amor eterno
Porque sé que de ti no está el entregármelo.
Si escribir fuera adjudicarte mi amor
Te daría todas mis letras, y toda mi filosofía
Le pertenecerían a tu mente y de mí se alejarían.
Pero el amor eterno no está en mí, ni en ti
Pues al irte con ella, se derrumbó la ‘e’
Al mirarla de tal forma, se estrelló la ‘t’
Cuando la besaste así, se nos fue la ‘e’
Para hablarle así, te olvidaste de la ‘r’
Con la mirada perdida, perdiste la ‘n’
Y haciéndola tuya, abandonaste la ‘o’
Entonces, no me pidas darte amor eterno
Porque como mortal, nunca podré darte lo que ella,
La música, te da cuando en momentos le pides… El amor eterno.

martes, 20 de julio de 2010

Surrealismo III

No es cualquier cosa que el elefante de mi cuarto llore. Él no se anda con cosas de niñatos. Pero el día en que llora, es ahí que sé que algo anda mal.
No sabía bien si preguntarle o no… ¿Qué podía decirle yo? Pero pensé en que si él me viera así… él me preguntaría a mí.
Al principio no me escuchó. Traté de llamarlo de muchas formas, y parecía que poco a poco él se iba hacia atrás, más y más.
Grité. Le dije que quería saber que pasaba, pues no era el mismo desde hace días. ¿Qué mosco le habría picado a éste, ahora? ¿Por qué ya no estaba feliz cuando yo sonreía?
Cuando por fin se decidió a hablarlo conmigo, me lo dijo de tal sinceridad que es imposible no prestar atención. Sus ojos se humedecieron, afinó (según él) su voz y me dijo, que hace días que le habían quitado algo de él, lo cual era muy necesario en su vida.
–¿Sin ‘eso’ no vives? –me interesé.
El me miró incomprensivo, pero pronto respondió:
–Claro que vivo, no siempre lo tuve conmigo y ahora que ya no lo tengo, podré sobrevivir, pero… no sabía lo que era tenerlo, y –secó una lágrima –… me siento morir.
–¿Quién te lo quitó?
–Eso no lo sé. Eso no importa. –cortó.
–Pero –pensé–, claro que importa, hablemos con la persona que te lo quitó, para que te lo pueda regresar.
–No lo entiendes –me dijo claro –. No sólo depende de mí, también depende de que ‘eso’ quiera regresar a mí.
¿Sería tiempo de preguntarle qué era eso que le faltaba? ¿Qué era eso que le habían arrebatado? ¿Qué era eso que tanto necesitaba para ser feliz?
–¿Y cómo sabrás si ‘eso’ quiere regresar a ti? –pregunté.
–Ya se lo he dicho.
No soy idiota. Sí él ya se lo dijo, y sigue sin ‘eso’, lo más probable es que ‘eso’ no haya querido regresar.
–Bueno, a veces tenemos que aceptar que aunque nosotros queramos algo, no siempre es para nosotros –. Traté de animarlo.
–Me confunde –. Me dijo.
–¿En qué sentido? –por Shakespeare que deseaba esa conversación terminara, pues a él se le veía cada vez más triste y yo no era la señora del hielo.
–Dice que quiere estar aquí, pero sin embargo no lo está.
–Pero tú has hablado ya. Ya lo sabe. No hay nada más que hacer.
Él comenzó a soltar lágrimas, y por un momento me arrepentí de haber hablado con él. Tal vez él estaba mejor, tal vez la venda que no le dejaba ver la verdad duraría un poco más, y tal vez, sólo tal vez, la verdad no hubiera sido tan difícil para él.

Tenía mucho tiempo ya de no hablar con él. Pero si algo sé, es que no se arrepiente de haber conocido a ‘eso’ que ahora tal vez ya no está.
Nadie viene escuchándome a mí. Él, el elefante, es el líder aquí. Si él está mal, todos los demás están mal. Yo no dejaba irlo, pero se me escapó, y con la poca comunicación que tengo con él, ni cuenta me di cuando se fue. Ahora regresa malherido. No importa; cuidaré de él.

viernes, 18 de junio de 2010

Paraíso

¿Existe el paraíso? ¿Existe ese lugar de oro que la gente imagina y desea ir cuando muera?
Nadie lo sabe.
Muchos han regresado de la muerte y afirman decir que vieron: un túnel, a sus seres queridos y una que otra persona a su mascota de la infancia.
No sé, si lo que vi aquel día fue el paraíso, pero para mí, eso fue lo más cercano a esté.


Se hacía de noche. Leía y releía mi obra preferida, que era de mi escritor favorito.
Acto uno; escena quinta.
— “¿Qué?
— Yo soy el alma en pena de tu padre, condenada a vagar de noche y padecer de día entre las llamas, hasta que los delitos odiosos que en mi vida cometí queden purgados.” –dije con un tono más grave imitando así, al rey de Dinamarca.
Había leído Hamlet por William Shakespeare diez veces como mínimo. Memorizaba las escenas y después con cuatro o cinco peluches, escenificaba alegremente las tragedias.
— ¡Lucy! –escuché a mi madre llamar. Su voz era dulce pero demostraba autoridad.
Era mi décimo cumpleaños y lo único que había pedido de regalo, había sido una nueva y actualizada enciclopedia. Pero los animosos de mis padres habían estado organizando una fiesta “sorpresa” para ese día tan especial, como lo llamaban ellos.
La casa estaba llena de gente, en su mayoría adultos; tíos, abuelos, amigos vecinos de mis padres, y gente del trabajo. Todos con el mismo fin. Festejar mí cumpleaños.
Yo sabía bien que eso era solo una escusa para juntarse y beber gratis.
Ni una de esas personas me conocía, ni tenían el derecho a dirigirme la palabra. Así que yo permanecía leyendo en mi cuarto.
— Lucy debe estar haciendo su tarea. –escuchaba a mi padre decir.
— ¡Lucy! –volví a escuchar a mi madre. —Cielo, baja por favor, aquí están unas personas que quieren saludarte.
Aunque no sabía lo que se tenían en mente, decidí bajar y no hacer enojar a mis padres.
Dejé a Hamlet en mi escritorio y acomodé los peluches en la repisa. Me quité mi vestido de Ofelia y lo cambié por el conjunto que mi madre había comprado para ese día.
Salí de mi habitación y bajé las veintitrés escaleras.
— ¡Lucy! –expresó una señora delgada, con una sonrisa en los labios.
Me tendió una caja envuelta con papel de globos. Miré a mi madre y ella asintió.
— Gracias.
Así fueron las siguientes dos horas; la gente se acercaba con gesto cariñoso, me entregaban un regalo y yo les agradecía con una tierna sonrisa.
Para las diez de la noche, la gente desconocida de hace unas horas, había desaparecido dejando de ellas, sólo el aroma y los recuerdos. Me despedí de mis padres, y subí a mi cuarto, al cual entré un poco cansada, dejando los regalos en el suelo.
Vi a Hamlet y le sonreí, después a Macbeth e hice lo mismo. Ellos eran mis verdaderos amigos, yo los conocía tanto a ellos, como ellos a mí.

A la mañana siguiente desperté ante los gritos que deduje eran de angustia y desesperación.
— ¿Cómo pudo pasar eso?
Escuchaba a mi madre sollozar. Por un momento me preocupé, pero decidí alejar los malos pensamientos de mi inmadura mente.
— Sí, sí, estaremos ahí. Gracias por avisarnos… sí, sí, adiós.
<<“Estaremos” ¿A quiénes se refería mi madre?>> La respuesta cayó ante mí, cómo la fuerte y grande roca cae ante el suelo.
— Hija, Lucy…despierta. –mi madre me llamaba y yo, fingía estar aún dormida.
— ¿Qué pasó? –pregunté adormilada. — ¿Ya es hora de ir a la escuela?
— Hija, hoy no iras –mi madre hablaba mientras obtenía ropa negra para mí. —ponte esto, y baja a la cocina, ¿de acuerdo?
— ¿Pasa algo malo? –pregunté un poco confundida.
A mi madre se salieron unas lágrimas y lo comprendí.
¿Sollozos, ropaje negro, y no ir a la escuela? Alguien había fallecido, ¿Pero quién?
Me puse la fría ropa y miré a la ventana. Estaba nevando, era la primera vez que nevaba en todo el invierno. << ¿Quién habrá fallecido? ¿Lloraré? ¿Sentiré dolor? >>
Bajé temerosa las escaleras. No quería escuchar las palabras de mi madre, no quería que me dijeran que alguien que yo amaba había muerto. No quería.
Vi a mis padres abrazados; mi madre lloraba sin cesar y mi padre trataba de calmarla.
Vacilé un momento antes de entrar.
— ¿Papá? –sentía miedo ante la situación de mi madre, << ¿Qué era eso tan malo, que había sucedido?>>
— Hija, tu abuelo…él, –mi padre no encontraba las palabras adecuadas. No sabía cómo decirle a su hija de diez años, que su abuelo había fallecido.
— ¿Murió? –pregunté aterrada yo.
Mi padre asintió y mi madre soltó otro sollozo.
En cuestión de segundos las lágrimas empezaron a caer, y no cesaron.
No sabía si lloraba por la muerte de mi abuelo, por ver a mi madre destrozada o por ambas.
Llegamos a las capillas, era la primera vez que iba a un velorio. Había gente llorando en todas partes, sin duda un lugar triste y sin color alguno.
Hace un día la gente me llenaba de ridículos regalos que jamás usaría, y ahora toda esa gente estaba llorando y lamentándose. Unos de no haber dicho “te quiero” o “lo siento”.
Después de considerado tiempo, mis lágrimas habían cesado, pero tuve que retirarme de mi madre, ya que cada grito ahogado de tristeza que ella daba, hacía que yo llorara más.
Mi padre me tomó del hombro y asintió con la cabeza. Sabía a lo que se refería. Era hora de irse.
No quería llevarme a mi madre, no quería separarla de su padre. Mis ojos se llenaron de lágrimas una vez más y le llamé con voz débil.
— ¿Mamá?
— ¿Si, Lucy? —su voz seguía siendo la misma, pero sus ojos estaban hinchados y de un color rojo pálido.
— Papá dice qué tenemos que…—sequé las lágrimas que caían sobre mis mejillas y traté de continuar – dice que…—lloré.
— Está bien Lucy, todo va estar bien. —mi madre se levantó, me tomó de la mano y salimos de las capillas.
La gente que me había felicitado, ahora les daba el pésame a mis padres.
Cuando hubimos subido al carro, mi padre, quien iba manejando me dijo:
— Hija, te quedarás en la casa de los vecinos, ¿de acuerdo?
— ¿A dónde irán ustedes? –cuestioné con voz quebrada.
— Al cementerio –contestó mi madre de forma cortante.
— ¡Quiero ir! –exclamé.
En verdad quería ir. No sabía cómo era un cementerio; había leído sobre ellos en muchos libros, pero nunca había estado en uno.
— ¡Basta! –dijo mi madre —No iras, no puedes ir.
Me disculpé por haber hecho enojar a mi madre, pero ella me ignoró y lloró en silencio.
Llegué a la desconocida casa y mis padres se despidieron de mí. Ya no había lágrimas, pero no podía evitar sentirme vacía.

Los días transcurrieron normales. En la escuela, ya nadie me preguntaba sobre el tema, y en menos de dos semanas, parecía que todos olvidaron lo que mi familia y yo habíamos vivido.

— “¡Oh Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? ¿Por qué no reniegas del nombre de tu padre y de tu madre? Y si no tienes valor para tanto, ámame, y no me tendré por Capuleto”.
Me encontraba en medio de Romeo y Julieta. Acto dos escena dos. Sin dudar mi favorita aún. Cuando escuché a mis padres gritarse el uno al otro.
— ¿¡Qué haremos ahora!? –decía mi madre casi estallando de la ira.
— ¡Me iré en este momento! –reclamaba mi padre.
<< ¿Irse? ¿A dónde? >> No vacilé ni un momento, salí de la habitación con el vestido largo y con los ojos llorosos bajé las escaleras y vi a mis padres; uno en frente del otro.
— No te vayas papá –dije un poco más tranquila —No te vayas por favor.
— Lucy, sube a tu habitación –dijo mi madre tratando de controlar su enojo.
— ¡No! –fulminé con la mirada a mi madre, y fui hacia a mi padre. —No te vayas…
— Hija, no me iré a ni un lado –se reía de forma irónica. Como si lo que habían dicho hace momentos hubiera sido producto del ensayo de alguna obra.
— Los…–cavilé un momento antes de hablar, pero estaba segura de lo que había escuchado y proseguí.
— Los escuché discutiendo, y después te escuché diciendo que te irías –dije viendo a mi padre.
— Tu padre se refería a que se iría a buscar trabajo –finalizó mi madre con una sonrisa un poco forzada.
Sabía lo que trataban de hacer. No querían preocuparme con esas cosas, esas cosas de adultos.
— Pero… ¿Y el trabajo que tenías? –pregunté como la niña curiosa que me tocaba ser.
— Me han desocupado cariño –vi los ojos marrones de mi padre y pude ver sus sentimientos claros como el agua.
No quise intervenir más y subí a mi habitación. Guardé a Romeo y Julieta justo al lado de Sueño de una noche de verano. Hecho esto me recosté y concilié el sueño de manera rápida.

Al paso de los días las cosas se empezaron a complicar. Mi padre no encontraba empleo y mi madre tenía que trabajar horas extras para poder pagar mi colegiatura.
Llegó la primavera y con ella más miseria.
— Mamá.
— ¿Qué pasa Lucy? –mi madre estaba leyendo un tipo de documental.
— Hoy es 1° de Abril.
— Lo sé –dijo sin quitar los ojos del documental.
Mis padres conocían la regla. Ellos mismos la habían creado, ¿Cómo era posible que la olvidaran?
— Pues, ¿no te recuerda a algo?
— Lucy, estoy ocupada –dijo levantando por fin la mirada y clavando sus ojos miel en los míos.
— Es un nuevo mes, ¿No iremos a comprar un libro?
Mi madre relajó su mirada, dio un suspiro y me dijo con voz triste:
— Lucy, este mes no habrá libro.
Antes de que pudiera preguntar la razón, mi madre me la dio.
— Lucy, no hay dinero, no podemos comprar libros, ¿de acuerdo?
Asentí lentamente con la cabeza, desviando mi mirada al suelo.
— Pero puedo llevarte a la biblioteca cariño. No estés triste –me dijo mi madre.
A pesar de los problemas que teníamos, siendo el dinero la principal causa, ella había visto la manera de satisfacerme.
— ¿Biblioteca? –pregunté con una sonrisa traviesa.
Al igual que todo lo exterior, había leído sobre ellas pero nunca había estado en una. Esa idea me entusiasmó.
— ¿Te gustaría ir? –el tono de mi madre parecía decepcionado.
— ¡Me encantaría! –contesté riéndome.
— ¿En serio? –asintió para sí misma y dijo: —entonces déjame solo terminar de leer esto y nos vamos.
Subí rápido a mi cuarto y acomodé mis peluches, tomé a Hamlet y bajé las escaleras entonando una cancioncilla infantil.
— Lucy, no hay necesidad de llevar a Hamlet, además, se puede perder.
— No se perderá, y quiero enseñarle la biblioteca.
Yo era una pequeña niña cuando todo esto sucedió. Aún creía en que los libros y peluches tenían vida propia.

Subimos al carro y nos pusimos en marcha, estaba realmente ansiosa. Pasamos varias tiendas que yo reconocí hasta un punto en que me perdí, y me di cuenta de que nunca había estado en esa parte de la cuidad.
El clima no muy agradable, estaba frio y nublado. Pero ni la ausencia del sol permitirían que me pusiera triste, o de mal humor.
Cuando llegamos a la biblioteca está tenía un aspecto de vieja. Era grande y a pesar de que yo nunca había estado ahí se me hizo familiar y acogedor.
— Lucy, yo no puedo estar aquí mucho tiempo –dijo mi madre cuando entramos a la desierta biblioteca. — Pero vendré por ti a las siete ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza mirando a todos sitios. Quería que mi madre soltara mi sudadera para poder ir de estantería en estantería.
Cuando ya no podía ver a mi madre, me sentí perdida.
No sabía qué hacer. Nunca en mi vida había visto tantos libros juntos. Quería leerlos todos, pero no sabía por dónde empezar… cuando escuché una voz varonil pero gentil detrás de mí.
— ¿Eres nueva? –me dijo con una simpática sonrisa en el rostro.
— ¿Me hablas a mí? –mi madre me había dicho centenar de veces que no hablara con extraños, pero ese chico no parecía ser malo.
— ¿Acaso hay alguien más aquí? –preguntó sarcásticamente pero amable a la vez.
El comentario me soltó una leve risa y lo miré a los ojos. Sentí una sensación extraña en el estómago, como si miles de mariposas se hubieran colado allí dentro; sí, me enamoré de él antes de darme cuenta de ello. Pero esa es otra historia.
Nos presentamos formalmente, un apretón de manos, nombres y autores favoritos.
Después de la plática, Dan me enseñó el funcionamiento básico de la biblioteca: cómo buscar y dónde buscar.

Pasaron los meses y el verano llegó.
Y aunque la regla decía; “Un libro por mes”, la biblioteca pronto se convirtió en mi segundo hogar. Dan y yo pasábamos horas allí, hasta que un día cualquiera todo cambió. Recuerdo que me despedí de mi madre, como siempre…
— Si, mamá, a las siete de la noche estaré aquí.
— ¡Cuídate! –gritó mi madre.
Nunca pensé que ese día, cambiaría: mi forma de ser, mi forma de ver el exterior y la forma en que esa biblioteca…
— ¡Dan!
No veía a Dan, por ni un lado. Decidí acercarme con una señora: rubia, un poco pasada de peso y no muy alta.
— Disculpe –le dije sin vacilar.
— ¿Si, pequeña? –la voz de la señora era suave.
— ¿Ha visto a Dan? –pregunté anhelando una respuesta.
— ¿Dan? –repitió ella mirando hacia el techo, como buscando la respuesta en el aire.
— Es un chico como de dieciséis años, pelo castaño…
— ¡Oh! ¡Dan! –dijo de forma triunfante. —Sí, sí, bueno el está de vacaciones, pero regresará para el otoño.
Sentí curiosidad, hacía donde había ido, además… ¿por qué no me había dicho?
Traté de ignorar el hecho, y me puse a merodear por la biblioteca.
Cuando estuve segura de que la señora rubia no me veía más, me dirigí hacía la sección del olvido, como la solíamos llamar Dan y yo.
Ese día llevaba a Romeo y Julieta. Entré con mucho cuidado.
La sección del olvido, como su nombre lo decía, estaba olvidada; había libros llenos de polvo, pinturas antiguas y unas que otras revistas de antaño.
— ¿Quién anda ahí? –la voz salió de uno de los viejos estantes. Era una voz clamada y no tardé en reconocerla, por lo que sentí un escalofrió correr todo mi cuerpo.
— ¿Abuelo? –aún no se cómo tuve el valor para pronunciar esa palabra, pero simplemente salió de mi boca sin pensar.
— ¿Eres tú, Lucy?
Me acerqué aterrada al ver lo que podía esperarme al otro lado de ese estante, cuando… lo vi.
Era él. Era mi abuelo, el que todos habían dicho que estaba muerto, el que estaba bajo tierra en una ataúd.
No pude evitar dejar caer unas lágrimas por mis mejillas, él me sonrió y dijo:
— No llores, Lucy, no llores.
— Pe…pero, tú…–empecé a balbucear.
— Lucy, ¿has escuchado hablar sobre el paraíso?
Asentí lentamente con la cabeza. Ese día, el día en mi abuelo había fallecido, mi madre me había dicho que él, iría al paraíso.
Mi abuelo me miró pensativo y continuó:
— Y… ¿Qué es lo que sabes de eso?
— Pues, es al lugar a donde van las personas que se van de este mundo.
— Muy bien, entonces ¿Qué piensas?
— Esto es… –vacilé un momento —esto es el paraíso –finalicé segura de mi respuesta.
Mi abuelo se acerco a mí, y asintió con la cabeza.

Desde ese día, hasta el día de hoy, voy a la biblioteca con Dan, a la sección del olvido, y leo William Shakespeare, Hamlet de preferencia… con mi abuelo.